A veces, acercarse a la montaña empieza por atreverse a subir una pequeña colina.
Hay días en los que despertar ya se siente como un reto. Días en los que abrir un archivo, empezar un párrafo o retomar un proyecto pendiente parece una montaña imposible de subir.
No es pereza. No es falta de talento. No es que “te falte disciplina”. A veces simplemente la montaña es demasiado grande para hoy. Y está bien.
La trampa de las grandes metas
Vivimos rodeados de discursos que nos empujan a pensar en grande: lanzar un gran proyecto, cambiar de carrera, terminar un libro, rediseñar la vida entera en un fin de semana.
El problema no es soñar en grande. El problema es que, cuando el objetivo es demasiado alto, paraliza. Tu cerebro no sabe por dónde empezar y, como no quiere fallar, decide no hacer nada. No es falta de ambición, es biología humana tratando de protegerte.
La colina: un lugar más amable para empezar
Cuando la montaña te grita “no puedes”, la colina susurra algo diferente:
“Intenta solo esto.”
— Una versión más amable de tu voz interior
Una colina es una versión más humana del progreso. No es renunciar al gran objetivo, es elegir un punto de entrada que te permita avanzar sin romperte.
- Si no puedes escribir un capítulo, escribe un párrafo.
- Si no puedes correr 5 km, sal a caminar 10 minutos.
- Si no puedes rehacer tu portafolio, mejora una sola página.
- Si no puedes grabar un video completo, escribe tres ideas en notas.
La colina no compite con la montaña. Te acerca a ella.
Pequeños avances también cuentan
Muchas veces subestimamos los avances pequeños porque crecimos con la idea de que el progreso verdadero debe verse épico. Pero en la vida real, la mayoría de las cosas importantes se construyen así:
Paso pequeño
sobre paso pequeño
sobre paso pequeño.
Ese proyecto que hoy admiras comenzó con una nota mal escrita en un celular. Ese libro empezó con una frase torpe en una servilleta. Esa persona creativa que sigues no dio un salto titánico: dio cientos de pasos microscópicos.
La disciplina no siempre es fuerza bruta. Muchas veces es suavidad repetida.
Bajar la intensidad no es rendirse
Bajar el ritmo no es lo mismo que rendirse. Renunciar es soltar el sueño. Reducir la escala es ajustar el camino para seguir avanzando.
No estás quitando importancia. Estás diseñando un sendero más humano para llegar. Cambias el “todo o nada” por “un poco hoy, un poco mañana”.
Cuando la montaña deja de asustar
Algo curioso ocurre cuando te permites subir colinas: la confianza empieza a regresar. La energía también. El proyecto deja de ser un monstruo y vuelve a ser algo manejable.
Y un día, casi sin darte cuenta, te encuentras otra vez frente a la montaña. Pero ya no la miras con miedo, sino con respeto. Ya no parece imposible, porque llegaste hasta su base a fuerza de pequeñas victorias.
Cierre
Si hoy no puedes escalar la montaña, escalar una colina no te hace menos creativo, menos disciplinado ni menos profesional. Te hace estratégico. Te hace humano. Te mantiene en movimiento.
Y el movimiento, aunque sea pequeño, siempre gana.
¿Qué colina podrías subir hoy —una acción pequeña y concreta— que te acerque a eso que quieres construir?